
En un tiempo donde el amor es reducido a emociones pasajeras y celebraciones momentáneas, el Espíritu de Dios nos recuerda una verdad eterna:
el amor verdadero debe hacerse visible en la tierra, porque nace en el cielo.
La Palabra afirma con autoridad:
“El amor nunca deja de ser” (1 Corintios 13:8).
No caduca, no se desgasta, no depende de circunstancias. El amor que proviene de Dios permanece porque es parte de Su naturaleza.
Celebrar el Día del Amor y la Amistad no debe limitarnos a expresiones humanas o enfoques mundanos. Como nación y como pueblo de fe, somos llamados a llevar el amor al altar, donde es probado, purificado y transformado en una fuerza espiritual que edifica vidas y restaura corazones.
Amar conforme al diseño divino implica entrega total:
morir cada día al yo, rendir la vida en obediencia y permitir que la gracia sobrenatural de Dios produzca plenitud en nosotros. Solo así el amor deja de ser un concepto y se convierte en testimonio vivo.
Los valores del amor genuino fomentan esperanza, establecen paz y alinean al ser humano con el propósito eterno de Dios. Donde hay amor verdadero, hay luz; donde hay amor que nace del Espíritu, hay sanidad, unidad y dirección.
Hoy más que nunca, se nos invita a no quedarnos en la superficie de lo sentimental, sino a sumergirnos en el mar profundo del amor de Dios, donde lo espiritual cobra sentido y la vida encuentra su verdadero norte.
Cierre Profético
Declaramos que en este tiempo el amor de Dios se levanta como estandarte sobre esta nación.
Que todo amor distorsionado está alineado al diseño del cielo.
Que la esperanza renace, la paz gobierna y los corazones son atraídos nuevamente al altar.
Porque cuando el amor de Dios se hace visible en la tierra, Su gloria se manifiesta,
y lo que parecía ordinario es transformado en eterno.



