
Laura tiene unos meses en una relación de discipulado con una joven que ha mostrado diferentes áreas en las que necesita crecer y alinear su vida con las verdades de Jesús. Laura tiene muchos deseos de que esta joven cambie, pero la nota algo lenta y reactiva en los pasos que debe dar, por lo que decidió involucrarse cada vez más en su vida y ser más insistente con ella en lo que necesita hacer, para que así, los cambios necesarios en su vida ocurran.
Julián está en un proceso de consejería con un hombre que tiene luchas en el ámbito financiero. Han conversado sobre diferentes aspectos de su corazón y sobre algunos pasos que él necesita dar en su proceso de transformación. Sin embargo, mientras pasa el tiempo, Julián se da cuenta de que no está viendo en su aconsejado la transformación que esperaría. Su corazón comienza a desanimarse, pensando que la razón por la que su aconsejado no ha cambiado es porque él no ha sido capaz como consejero.
Laura y Julián tienen algo en común: la idea de que el cambio en el otro depende, en alguna medida, de ellos. Pero estos solo son ejemplos hipotéticos. Tú y yo también somos Laura y Julián, porque lidiamos con la tentación de pensar que el cambio en los demás depende de nosotros: de nuestros métodos, de nuestro nivel de involucramiento, de la perspicacia de nuestros consejos o de nuestras habilidades.
Sin embargo, debemos recordar que nuestro rol en el cambio de otros es solo como colaboradores en el trabajo que es del Señor: «Porque nosotros somos colaboradores en la labor de Dios, y ustedes son el campo de cultivo de Dios, el edificio de Dios» (1 Co 3:9).
Pensar que el cambio en el corazón del otro depende de nosotros es un peso que no podemos cargar, porque jamás podremos lograrlo. Entonces, ¿por qué insistimos en tratar de cambiar a los demás en nuestras fuerzas?
4 problemas con intentar producir el cambio en los demás
Ya que esta es una tentación que de alguna manera todos enfrentamos, vale la pena que pensemos en por qué nuestros corazones tienden a depender de nosotros para que los demás cambien. Permíteme compartirte las siguientes razones:
1. Queremos ser agentes de cambio en lugar de instrumentos
Yo planté, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento. Así que ni el que planta ni el que riega es algo, sino Dios, que da el crecimiento (1 Co 3:6).
Este versículo nos muestra que Dios produce el crecimiento y que nuestro rol es ser Sus instrumentos. Pero a nuestro corazón no le gusta la idea de «ser instrumento», porque el instrumento depende completamente de quien lo usa, la manera en la que quiere usarlo y el propósito que desee lograr con su uso.
Reconocer que somos instrumentos nos lleva a depender de quien nos usa, el Señor, en lugar de ser nosotros los que decidimos cómo queremos ser usados.
2. Luchamos con el deseo de control
«Porque Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes,
Ni sus caminos son Mis caminos», declara el SEÑOR.
«Porque como los cielos son más altos que la tierra,
Así Mis caminos son más altos que sus caminos,
Y Mis pensamientos más que sus pensamientos» (Is 55:8-9).
En el orgullo de nuestro corazón siempre tenemos una idea de a qué velocidad y de qué manera debería producirse el cambio en la persona que aconsejamos. Cuando la transformación del otro no se ajusta a nuestra agenda, buscamos la manera de forzar que nuestro criterio se cumpla. Esto sucede no solo a nivel ministerial, sino también en todos los ámbitos de la vida. Por ejemplo, aquellos que somos padres tenemos que luchar con la tentación de querer tener el control sobre la vida de nuestros hijos.
Que nuestros ojos estén fijos en Jesús, al mismo tiempo que animamos a otros a también fijar sus ojos en Él
Necesitamos recordarnos una y otra vez: «Yo no soy Dios. Yo no sé lo que Dios sabe, no tengo la sabiduría que Dios tiene, no tengo Su poder, no tengo Sus propósitos, y ni siquiera tengo el amor que Dios sí tiene por esa persona». No hay comparación entre Dios y nosotros.
Dios está haciendo una labor en la vida de ese otro creyente al que estamos sirviendo, por lo que, aun en los momentos en los que la persona se muestre renuente al cambio, nuestra labor es interceder por ella, rogando a Aquel que sí puede transformarla, en lugar de intentar controlar su transformación (Fil 1:4-6).
3. Queremos coerción en lugar de convicción
Y cuando Él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio (Jn 16:8).
Jesús dice que el Espíritu Santo viene a convencer, Él es quien produce la convicción de la verdad del evangelio en nuestros corazones y nos transforma.
Coerción es ejercer presión sobre alguien para forzar su voluntad o su manera de actuar. Lamentablemente, muchas veces eso es lo que queremos hacer con los demás, en lugar de dar lugar a la convicción que viene del Espíritu Santo.
4. Olvidamos que la santificación es un proceso no un evento
Estoy convencido precisamente de esto: que el que comenzó en ustedes la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús (Fil 1:6).
Generalmente queremos que la gente cambie al instante, pero la realidad es que eso no ocurre ni siquiera con nosotros mismos. El tipo de transformación que podemos «lograr» en el otro es solo temporal, pues es vulnerable ante cualquier circunstancia, ya que no vino por convicción, sino por presión.
Pero la santificación que viene de Dios es un proceso en el que Él, quien lo comenzó, va trabajando en nuestras vidas y llevándonos a crecer, en la medida en la que nos rendimos a Él.
El secreto del cambio
Como instrumentos en las manos del Señor, nuestra labor con los demás es apuntarlos a Jesús. Nuestro rol es invitarlos a que decidan vivir para Él en lugar de para ellos mismos, confiando en que si Él estuvo dispuesto a entregar Su vida para rescatarnos del peor mal, le importa nuestro crecimiento en Él (Ro 8:32). Tal como nos recuerda el autor Dane Ortlund:
El secreto más profundo para crecer en Cristo es este: míralo a Él. Pon tus ojos en Él. Permanece en Él, hora tras hora. Saca fuerzas de Su amor. Él es una persona, no un concepto. Conócelo personalmente, cada vez más profundamente a medida que pasan los años (Profundo, p. 177).
Que nuestros ojos estén fijos en Jesús, al mismo tiempo que animamos a otros a también fijar sus ojos en Él.



