
Gracias y bendecido Pastor por compartir unas de sus enseñanzas de la Biblia en el pasaje de Lucas 4:14-15.
No es un simple relato; es una manifestación del momento en que el Hijo de Dios, después de haber vencido en el desierto, regresa investido de poder. No vuelve en silencio, vuelve con autoridad. No regresa vacío, regresa lleno del Espíritu Santo.
Jesús entra a Galilea no como uno más, sino como Aquel que carga la gloria del Padre. Sus palabras no eran discursos aprendidos, eran vida. Sus enseñanzas no eran teoría, eran verdad encarnada. Y sus obras no eran señales aisladas, eran evidencia de que el Reino de Dios había comenzado a manifestarse entre los hombres.
Su fama no nació del ruido, sino del poder. No fue levantado por hombres, sino respaldado por el Espíritu.
En ese mismo fluir, la enseñanza compartida por el ministro y pastor Luis Alberto Reyes no es ligera ni casual. Es una voz que advierte, que llama, que confronta. Un llamado al arrepentimiento genuino, a volver el corazón a Dios mientras aún hay tiempo.
Sí, es cierto: la ciencia ha avanzado, y ha sido instrumento para aliviar el dolor del cuerpo. Pero hay una dimensión donde la ciencia no alcanza, donde los diagnósticos no penetran y donde la respuesta no está en lo visible.
Ahí entra Dios.
Porque hay enfermedades del alma que no se detectan en estudios, heridas que no sanan con medicamentos, vacíos que ningún conocimiento humano puede llenar. Y es en ese lugar secreto donde la fe no sólo cree, sino que se rinde, donde la oración no solo pide, sino que clama.
No se trata de rechazar lo que el hombre ha descubierto, sino de no sustituir lo que solo Dios puede hacer.
Hay un poder que no se fabrica,
una paz que no se receta,
y una restauración que no se explica…
solo se experimenta en la presencia de Dios.
Este mensaje no es una opinión más, es una marca. Es uno de esos momentos donde el Espíritu habla y el corazón que está atento lo guarda.
Porque hay enseñanzas que se escuchan…
y hay enseñanzas que se escriben en lo eterno.
Y está, sin duda, no quedó solo en palabras de un domingo.
Quedó registrada.
No solo en una libreta humana,
sino en una libreta divina, donde Dios guarda aquello que transforma, despierta y alinea a sus hijos con su voluntad.



