Todo lo podemos en Cristo

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Una de la bendición más grande que puede recibir un pecador es tener a Cristo como su Señor y Salvador. Yo puedo dar testimonio de esa realidad, porque Jesucristo cambio mi vida de una manea radical cuando andaba por el mundo dándole rienda suelta a los pecaminosos apetitos de la carne, siendo esclavo de Satanás, buscando algo que diera satisfacción a mi vacío espiritual.

No obstante, era muy religioso y criticaba a todos aquellos que fallaban en los rituales y en todo lo que tenía que ver con lo que se predicaba en las iglesias. Recuerdo como mi abuela me llevaba durante las fiestas religiosas de Semana Santa a las iglesias para rendir culto a las imágenes, porque de esa manera, según ella, me purificaba.

A los 22 anos, cuando entre a la Universidad, comencé a leer libros de filosofías de distintas escuelas y autores, interesándome por las doctrinas que tenían que ver con el ateísmo, con la evolución y con otros pensamientos materialistas, lo que produjo en mí una gran confusión.

Pero un día un vecino me pregunto que si alguna vez había leído la Biblia, le respondí que no, y me dijo que ese era el libro del Dios verdadero, quien se manifestó a este mundo a través de su Hijo, Jesucristo. Me invito a visitar su iglesia y allí pude oír y escuchar la Palabra de Dios, hasta que tiempo después me decidí a convertirme al evangelio y de seguir y obedecer a Cristo, porque me di cuenta que eso era lo verdadero que mi alma necesitaba.

Desde ese momento comenzó Cristo, a través del Espíritu Santo, a tratar con mi vida, y hasta hoy mi existencia ha discurrido de victoria en victoria, pese a mis imperfecciones como ser humano, por lo que he tenido un trato muy especial con mi Dios y Señor para ir en camino a la perfección.

Puedo significar, con toda humildad y mansedumbre, que nunca más confesare NO PUEDO, porque: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”, Filipenses 4:13.

Tampoco confesare necesidad o falta de algo, porque: “Mi Dios suplirá todo lo que me falte”, Filipenses 4:19. Nunca más confesare miedo, porque: “No nos ha dado Dios espíritu de cobardía sino de poder, amor y dominio propio”, 2 Timoteo 1:17.

Tampoco, nunca más confesare debilidad, porque: “El Señor Jehová es la fortaleza de mi vida”, Salmos 27:1. Nunca más confesare la supremacía de Satanás sobre mi vida, porque: “Mayor es el que está en nosotros que el que está en el mundo”, 1 Juan 4:4. Asimismo, nunca más me confesare derrotado: “Porque Dios me lleva de triunfo en triunfo en Cristo Jesús”, 2 Corintios 2:14.

Puedo decir, con toda seguridad, que nunca más me confesare falto de sabiduría, porque: “Por Cristo hemos sido hechos sabiduría, justificación, santificación y redención”, 1 Corintios 1:30. Tampoco, nunca más confesare enfermedad, porque: “Por sus heridas fuimos sanados” 1 Pedro 5:7. Nunca más confesare preocupaciones ni frustraciones, porque: “He echado toda mi ansiedad sobre El”, 1 Pedro 5:7.

Otra cosa, nunca más confesare atadura o cárcel mental, porque: “El Señor es espíritu y donde está el Señor hay libertad”,
2 Corintios 3:17.

Cuando recibimos a Cristo como nuestro Señor y Salvador se produce en nosotros un nacimiento nuevo y de inmediato comenzamos a tener una maravillosa relación con el Hijo de Dios, lo que produce en nosotros gozo inefable y una hermosa paz que sobrepuja todo entendimiento.

Además, Dios nos bendice “con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en el antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinados para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para la alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo acepto en el Amado, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia”, Efesios 1:3-7.

Si quieres disfrutar de todas bendiciones, ora y dile al Señor y Padre me arrepiento de todos mis pecados, y recibo a Jesucristo como mi Salvador, porque reconozco que en la cruz del calvario el llevo todos mis pecados, pasados, presentes y futuros, derramando su sangre preciosa para librarme de la condenación y darme vida eterna. Gracias Señor Jesús por tu maravillo amor, gracia y misericordia para conmigo.

Dios te bendiga mucho.

Fuente:

La Biblia

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