Solo en Jesús hay solución

Solo en Jesús hay solución

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El evangelista San Juan relata un incidente en la vida de Cristo que con certeza es el secreto para edificar hogares felices. Este incidente se vuelve actual porque nunca en la historia de la humanidad, la familia se ha visto tan amenazada como hoy. Los jóvenes llegan al casamiento escondiendo dentro de la manga la posibilidad del divorcio.

Constantemente dialogo con personas heridas cuyos hogares fracasaron. Son personas que un día entraron en una iglesia, delante de amigos y familiares, para declarar públicamente que se amaban. Todo parecía un sueño; el vestido de novia, los padrinos y las damas de honor. La iglesia adornada con flores, la música de la orquesta y el brillo de los ojos fueron un marco inolvidable.


Pero de repente, casi sin percibirlo, el sueño se convierte en pesadilla. Peleas y muchas veces indiferencia, se tornan cotidianas. Los pasos siguientes son la desconfianza, la infidelidad y la traición. Finalmente todo acaba en divorcio.

Las estadísticas son crueles. Dicen que de cada 100 casamientos, 45 terminan en divorcio. Quedan 55, de los cuales 40 no se separan porque les falta valor para enfrentar una separación. Están juntos por la presión social, financiera, religiosa o familiar, viviendo bajo el mismo techo, pero entre ellos sólo existe incomprensión e indiferencia. De los 15 restantes, 10 son más o menos felices y apenas 5 afirman que son verdaderamente felices.

Hay algo más sorprendente en las estadísticas. Estas indican que esos 100 matrimonios se realizaron porque los novios querían ser realmente felices. Por lo tanto, ante los números, tenemos que llegar a la conclusión de que para ser feliz en el matrimonio, no basta querer serlo, porque si de eso dependiese, las 100 parejas lo serían.

Además, por lo menos 95 de esas 100 parejas se casaron amándose mucho. Se aman tanto que muchas veces van en contra de los consejos de los padres y de seres queridos. Aquí nuevamente, ante los catastróficos resultados mostrados por las estadísticas, llegamos a la conclusión de que para ser feliz en el matrimonio, no basta que los novios se amen mucho, pues si de eso dependiese, al menos 95 de esas parejas serían felices.

¿Qué debe hacerse entonces para edificar matrimonios felices y duraderos? El relato bíblico que mencionamos nos da el secreto. El texto afirma que hubo un casamiento en Caná de Galilea al cual Jesús y sus discípulos fueron invitados. Felices son los hogares que invitan a Jesús para que esté presente en su experiencia de la vida diaria. En realidad, para que un matrimonio sea feliz no se precisa solamente de una mujer y un hombre. Es necesaria una tercera persona: Jesús. Solamente él es capaz de quitar del amor humano la mancha miserable del egoísmo que lo corrompe todo.

Esto puede parecer duro, pero desafortunadamente, nuestro amor humano, por más puro y limpio que parezca, es egoísta. ¿Quieres ejemplos? Un hombre afirma que ama a su esposa, pero un día descubre que ella le fue infiel y el amor se acaba. El padre declara que daría la vida por su hijo, pero un día el hijo golpea el rostro de su padre, y éste le muestra la puerta de la calle. Así es el amor humano; sólo da cuando recibe. Es algo inconsciente, pero está entretejido en la estructura humana y solamente Jesús es capaz de darle al hombre un corazón que ame como él amó.

Analiza por ejemplo la vida de un personaje imaginario que llamaremos Sebastián. A los 20 años conoce a una bonita joven de 18. Es linda, con ojos hermosos, piel suave, cabellos bien cuidados, labios llenos de vida y cuerpo atractivo. Sebastián siente que la ama. Haría cualquier cosa por hacerla feliz. Es sincero y cree que su amor es puro. Se decide y pide su mano para casarse.

Los años pasan. Vienen los hijos. Ahora ella tiene 48 años y él tiene 50. La belleza y los atractivos de la juventud se fueron. El cuerpo de ella ya no tiene más esa forma de sirena, y la piel ya no es tan suave. Carga hoy las marcas implacables del tiempo y de la vida consagrada a su marido y a sus hijos.

Un día, Sebastián conoce una joven de 25 años, bonita, de piel suave y cuerpo atractivo. De repente comienza a sentirse atraído por ella. Tal vez al principio luche contra este sentimiento, pero finalmente llega a la conclusión: “yo amo a esta joven”. Entonces le declara su amor: “te amo tanto que estoy dispuesto a terminar con un matrimonio de 30 años por ti”. Y tal vez sea sincero, pero esto no es sino amor humano. En el fondo, lleva siempre la mancha del egoísmo.

Por eso, en las bodas de Caná, los novios tuvieron la brillante idea de invitar a Jesús para que estuviese presente en sus vidas. Estaban iniciando su matrimonio de la única manera que una relación puede sobrevivir: entregando el control de todo a Aquel que nunca falla.

A estas alturas surge una pregunta. ¿La presencia de Jesús en el casamiento es garantía de que nunca habrá dificultades? ¿Puede la embarcación del matrimonio que tiene a Jesús como piloto, atravesar un mar tempestuoso? ¿Pueden existir momentos en que parezca que el barco va a naufragar? ¿Puede faltar algo dentro de la familia en la que Jesús está presente?

Mira lo que el texto bíblico afirma: “De repente el vino se acabó”. En aquellos tiempos, el vino era símbolo de alegría y de abundancia. No se podía imaginar una fiesta sin amigos y sin vino. Si por ventura alguien ofrecía una fiesta en la que el vino se acababa, la familia pasaba una vergüenza sin medida. Pero el texto afirma que en aquella fiesta donde Jesús estaba presente: “el vino se acabó”.

¿Sabes? La presencia de Jesús en la vida de una pareja no la libera de sus responsabilidades. Cuando una pareja se une en el sagrado estado del matrimonio, cada uno llega trayendo su personalidad, su cultura y su propia historia. El matrimonio es una escuela donde los alumnos nunca se gradúan. Es un aprendizaje continuo. Es un estado de crecimiento que incluye renuncia, buena voluntad, compañerismo, perdón y muchas veces lágrimas. Es un proceso de adaptación que lleva tiempo. En ese proceso, muchas veces “se acaba el vino”, puede haber momentos críticos, puede hasta darse la impresión de que la embarcación va a naufragar.

Pero, si Jesús está presente, tú sabes a dónde ir. Esa es la gran diferencia. Problemas, todo el mundo los tiene. Las pequeñas crisis son hasta necesarias en todo proceso de adaptación, pero cuando Jesús es invitado al acto del casamiento, con toda seguridad, él sabrá llevar a la familia a puerto seguro.

Generalmente, la primera gran crisis aparece a los 4 ó 5 años de casados. Cuando el primer hijo nace, todas las atenciones de la pareja son dedicadas a él e inconscientemente, ambos comienzan a olvidar la atención y el amor que se deben el uno al otro.

Ninguna planta puede crecer saludablemente si no es regada y cuidada con regularidad. Lo mismo sucede con el matrimonio. No hay manera de que sobreviva si no se lo alimenta día a día. ¿Dónde está Jesús en todo esto? Es simple: una pareja que tiene a Jesús en su corazón, encuentra tiempo para la devoción y la oración. Es literalmente imposible no amarse uno a otro, cuando se ama a esa tercera persona que es Jesús. Una familia que no tiene a Cristo, generalmente pasa años sin reunirse para discutir sus propios problemas y dificultades. No me refiero a reuniones sociales para comer y reír juntos. Hablo de reuniones donde los miembros de la familia pueden abrir su corazón y expresar sus sentimientos.

Pensemos ahora en la actitud de los presentes en las bodas de Caná cuando descubrieron que faltaba vino. ¿Acaso no estaba presente Jesús? ¿Por qué no fueron a él directamente? No sé, pero sucede que a lo largo de la historia el ser humano siempre ha actuado de esa forma. El texto bíblico deja implícito que algunos buscaron a la madre de Jesús y le pidieron ayuda. Aquí se introduce la magnífica persona de la santa Virgen María. Por algún motivo, muchas personas, e incluso algunas que estudian la Biblia, tratan con irreverencia y desconsideración a la madre de Jesús. Creen que fue una mujer común como cualquier otra. Eso no es verdad.

Dios no pudo haber escogido a cualquier mujer para ser la madre de su Hijo. La virgen María vivía una experiencia diaria de comunión con Dios. Qué bueno sería si hoy los hombres y las mujeres aprendiéramos a vivir como ella. ¿Acaso no predicamos sobre Juan, Pedro y otros personajes santos de la Biblia? ¿Por qué no predicamos acerca de María?

Por otro lado, existe algo delicado que debemos aprender del incidente de Caná. Por más santa y maravillosa que haya sido María, no tenía poder para resolver el problema que aquella familia estaba enfrentando. Por eso, buscó a Jesús y colocó el problema en las manos del Hijo de Dios.

Millones y millones de personas invocan hoy el nombre de la santa Virgen María esperando un milagro de ella. Son personas buenas y sinceras que en momentos de extrema necesidad claman por ayuda. Si la Virgen María estuviera viva hoy, con certeza haría lo mismo que hizo en Caná. Diría a estas personas: “hijos, gracias por confiar en mí, soy un ser humano que vive una vida especial de comu¬nión con Dios, pero no dejo de ser humana. Yo conozco a alguien, sin embargo, que es divino y podrá solucionar sus problemas”, y los llevaría a Jesús.

Por más respeto y reverencia que todos debemos a la Virgen María, nuestra esperanza de salvación no puede ser depositada en ella. ¿Sabes por qué? Deja que ella misma lo diga en la oración registrada en el Evangelio de San Lucas:

“Engrandece mi alma al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador” (S. Lucas 1:46-47).

 

¿Cómo podía salvar a alguien si ella misma necesitaba de un salvador? “Pero, pastor —dirás—, yo no estoy depositando mi salvación en ella, sólo creo que puede ser mi mediadora”. Entonces escucha lo que el apóstol Pablo escribió a Timoteo:

“Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Timoteo 2:4).

Personalmente siento amor, reverencia y admiración por la Virgen María. Creo que su vida fue una inspiración para las mujeres cristianas a lo largo de la historia y creo que su instrucción fue clara en las bodas de Caná de Galilea, porque llevó a las personas a Jesús y les dijo: “hagan como él les diga”.

Este consejo maravilloso de la santa Virgen María no es fácil de obedecer. Desde el Jardín del Edén, el ser humano tuvo que luchar con su espíritu de independencia. Al ser humano le gusta vivir solo. Puede estar rodeado de millares de personas, pero le gusta hacer lo que cree, siente o quiere. Por lo tanto, hacer todo lo que Jesús pide no es lógico, ni humano, sino que tiene que ser divino, resultado de la obra de Dios en el corazón, un milagro que en el lenguaje espiritual se llama conversión.

Millones de matrimonios fracasan hoy porque el corazón de sus miembros no pasó aún por este milagro divino, y en consecuencia, Jesús no controla los sentimientos ni las actitudes. Cuando el “vino falta”, el ser humano no sabe qué hacer ni a quién pedir ayuda. Un consejero matrimonial, un psicoterapeuta o un psicoanalista, una segunda luna de miel, una casa nueva, un auto o valiosas joyas, pueden ser paliativos que aplacen la muerte definitiva del matrimonio, pero en tanto que el corazón de cada miembro de la pareja no sea transformado, nada será capaz de salvar esa relación.

Conocí a Joana y a André con su hogar casi deshecho. André era un hombre mujeriego y no escondía sus aventuras extramaritales a la sufrida Joana. Algunas veces invitaba a sus amigos en noches de sábado y organizaba noches de sexo en las cuales Joana era obligada a participar. Cuando Joana habló conmigo, estaba decidida a huir llevándose a sus dos pequeños hijos. “Es el único camino que me queda o moriré asfixiada”, dijo. Después continuó: “cuando no conocía el Evangelio, de alguna manera conseguía convivir con esa situación, pero ahora que conozco a Jesús, no acepto más este tipo de vida”.

Ese fin de semana, ella habló conmigo nuevamente. “El está aquí, pastor” —me dijo con alegría—. “Espero que el Espíritu de Dios toque el corazón de mi esposo”. Y así fue. El mensaje de aquella noche golpeó como un martillo el corazón de André. La esposa vio lágrimas en los ojos de su marido. En el momento del llamado ella fue hacia el frente para abrazar a su esposo, quien fue uno de los primeros en levantarse para aceptar a Jesús.

Pasaron muchos años, y un día, al salir de un estadio después de una noche evangelística, Joana y André me abrazaron emocionados. Me hicieron recordar cuando los conocí. Me contaron que sus hijos, ahora adolescentes, estudiaban en uno de nuestros internados y que uno de ellos quería ser pastor.

No pude decirles mucho esa noche. Había mucha gente alrededor. Pero salí de allí con un nudo en la garganta y con palabras de gratitud por aquel matrimonio salvado por la gracia de Jesús.

Sí, mi amigo, hoy más que nunca es hora de mirar a Jesús cuando el matrimonio está deshecho, cuando la familia está desintegrada y cuando padres e hijos no pueden ni siquiera dialogar.

El texto bíblico termina diciendo que el vino que Jesús proveyó fue mucho mejor y más sabroso que el primer vino que se había acabado. Esto es extraordinario. Si tú aún no has aceptado a Jesús, ni siquiera puedes imaginar lo que él tiene reservado para ti.

Todo el “vino” que ya has experimentado en tu vida no es nada comparado con la felicidad, la armonía en el hogar y la paz que Jesús tiene reservadas para ti y para los tuyos.

El enemigo generalmente nos ofrece primero el “buen vino”. Nos deslumbra. Existe mucho placer aparente esperando por nosotros, pero después nos deja solos, saboreando el vino amargo del peso de la culpa o de las consecuencias terribles de nuestros errores. Con Jesús todo es diferente. El te ofrece primero el vino agrio de las dificultades, luchas y lágrimas que muchas veces significa seguirlo, pero después tiene reservada para ti una vida de armonía familiar, salud, prosperidad en esta tierra y en los cielos, la vida eterna. Por lo tanto, vale la pena seguir a Jesús, vale la pena confiarle a él la dirección de la vida personal y familiar. Tú puedes invitar a Jesús para que guíe tu vida hoy. Y con él siempre tendrás ganancias.

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