Multiplícanos Señor

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Esta plegaria parece interpretar el anhelo de pastores y obreros cristianos y de todo el que sirve fervorosamente en la casa de Dios. Está dirigido a Aquél que tiene la capacidad absoluta de responderlo y el deseo innato de hacer visible su contestación. En el pueblo de Dios, todo crecimiento que no sea el producto de una respuesta divina, se sale del diseño sagrado de la expansión del Evangelio.

Para entender la incumbencia de esta importante oración, usaremos el ejemplo de Abraham, porque su vida tiene una relación especial con nosotros los creyentes. Él fue el padre de la fe (Ro 4:11). Una de las promesas que Dios le reiteró durante su peregrinación, fue esta: … de cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar… (Gn 22:17). Siglos después, cuando Moisés recapitulaba la Ley al pueblo de la promesa, hace evidente la fidelidad de Dios: Jehová vuestro Dios os ha multiplicado, y he aquí hoy vosotros sois como las estrellas del cielo en multitud (Dt 1:10). Por lo cual también, de uno, y ése ya casi muerto, salieron como las estrellas del cielo en multitud, y como la arena innumerable que está a la orilla del mar (He 11:12).

Mas, cuando ponemos en paralelo la promesa de multiplicación y el cumplimiento asombroso de ello, surgen dos preguntas justificadas: ¿Es la multiplicación de los creyentes un portento unilateral de Dios? Si no, ¿Hay algo, además de orar, que los receptores de la promesa deben hacer en la obtención de dicha bendición? Vamos en busca de la respuesta:

Lo primero, Abraham creyó que sería hecho exactamente lo que Dios le había prometido. Cuando por primera vez, el Omnipotente le dijo, haré de ti una gran nación (Gn 12:2), él sólo tenía a su esposa Sara, y ésta, estéril. Unos años después de la promesa, Abraham le dijo a Dios: ¿Qué me darás siendo así que ando sin hijo…? (Gn 15:2). Pero aun en su pregunta, resalta la fe; sabe que Dios le dará algo, y sólo quiere saber, qué es. En el mismo contexto, la Biblia dice: Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia (Gn 15:6). Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido (Ro 4:20,21). Para la multiplicación se requiere creer, aun cuando las circunstancias no parezcan ayudar a obtener lo prometido. Los discípulos de Cristo creyeron que recibirían poder cuando viniera sobre ellos el Espíritu Santo, y que serían testigos del Señor en todo el mundo (Hch 1:8). Y lo que comenzó con unos ciento veinte orando en un aposento alto (Hch. 1:15; 2:4), se multiplicó en millares de creyentes salvados por todo el Imperio romano. Así sucedió en Jerusalén (Hch 4:4), en Samaria (Hch 8:12), en Jope (Hch 9:42), en Antioquía (Hch 11:24), en Iconio (Hch 14:1), en Tesalónica (Hch 17:4), en Berea (Hch 17:12), en Atenas (Hch 17:34) y desde Jerusalén, y por los alrededores hasta Ilírico (Ro 15:19) Esta evidencia nos dice que a nosotros también Dios nos multiplicará. ¡Lo debemos creer decididamente!

Lo segundo, toda bendición divina de multiplicación, tiene un altar por medio, colocado ineludiblemente en el camino de la fe. Nuestra disposición a ir allí y ofrecer a Dios lo más preciado de nosotros, es la misma medida de cuánto podemos ser multiplicados. Ese fue el sendero más difícil por donde tuvo que transitar aquel peregrino de Ur (Gn 15:7), cuando Dios le pidió ofrecer sobre el altar el hijo con que se había premiado su fe, su amado Isaac. Con obediencia absoluta a la demanda celestial, se dirigió con firmeza a algún lugar geográficamente cerca de donde, siglos después, el Cordero de Dios sería ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante (Ef 5:2). Al divisar el sitio del sacrificio, el anciano dijo a los criados: Yo y el muchacho iremos hasta allí y adoraremos, y volveremos a vosotros (Gn 22:5). Pero en pleno ejercicio de la adoración, el Señor le mostró un carnero sustituto y lo ofreció en lugar de Isaac (Gn 22:13). El altar le enseñó a Abraham un tipo de adoración mucho más profunda que un mero cantar. Allí en Moriah conoció que adorar es morir a uno mismo. En ese tipo no común de adoración, su corazón quedó totalmente entregado, y entendió el poder de Dios para levantar aun de entre los muertos (He 11:19). Hoy nuestro altar es la cruz de Cristo (Gl 6:14) y allí, en el punto de entrega absoluta a Dios, está el génesis de la fertilidad espiritual para todos los que están en ejercicio del santo ministerio. No se puede ser fecundo espiritual y ministerialmente, sin entregar todo, aun lo que más anhelamos, sobre el altar. Si el grano de trigo cae en tierra y muere, lleva mucho fruto (Jn 12:24). Cuando nuestro Señor fue a la cruz, pudo justificar a muchos. El fruto de la aflicción de su alma, hizo que su generación fuera multiplicada a tal manera, que nadie la podría contar (Ver Isa 53:8,11). ¡Debemos aceptar el altar ineludiblemente!

En tercer lugar, orar por multiplicación, entraña que tengamos paciencia. Esta virtud es insustituible en la obtención de las promesas divinas: … a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas (He 6:12). Abraham tenía setenta y cinco años cuando por primera vez se le prometió multiplicar su descendencia (Gn 12:4). Trascurrieron veinticinco años más hasta ver el primer fruto de ello, Isaac su hijo. Tenía cien años cuando nació el hijo de la promesa (Gn 21:5). Pasaron cuarenta años más, y cuando Abraham tenía ciento cuarenta, su hijo se casó con Rebeca (Gn 25:20). Luego, su nuera tardó veinte años en tener hijos, y cuando Abraham tenía ciento sesenta años, nacieron sus dos nietos, Esaú y Jacob (Ver Gn 25:26). Quince años después, Abraham murió, cuando tenía ciento setenta y cinco años (Gn 25:7). Curiosamente, entonces, la edad de Isaac su hijo, era setenta y cinco, la misma que tenía Abraham cuando recibió la primera promesa divina de multiplicación. Así que un nuevo ciclo de fe y paciencia comenzaba a partir de su hijo. En cien años de creer y esperar, Abraham sólo había visto tres de sus descendientes. Pero unos pocos siglos después, a su descendencia multiplicada se le conocía como los millares de millares de Israel (Nm 10:36). ¡Cuánta paciencia, pero cuánta recompensa! Amados, no siempre el que siembra, es el mismo que cosecha, pero inseparablemente, el fruto, aunque demore, está ligado a las lágrimas del sembrador. Por tanto, cuando se vaya a hacer fiesta por la cosecha, se debe agradecer al que sembró con dolor (Ver Lc 19:22; Jn 4:38; 1 Co 3:6). La multiplicación que viene como bendición de Dios no ocurre de la noche a la mañana, pero es segura y tiene carácter perdurable. ¡La debemos esperar pacientemente!

La multiplicación del pueblo santo es una bendición divinamente protagonizada, pero donde hay participación de los siervos del Señor para sembrar y para recoger la gran cosecha. Por tanto, creamos que Dios nos multiplicará grandemente, vayamos sin reservas a la cruz donde la voluntad de Dios se acepta en forma plena, y esperemos con paciencia el tiempo de recoger el gran fruto para gloria de Cristo. Todo esto, porque la voluntad del Señor es que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento (2 P 3:9).

¡Multiplícanos Señor!

Lo ruego con mis hermanos y consiervos, en el Nombre de tu santo Hijo, Jesús, amén.

Fuente:

Eliseo Rodríguez

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