El ejemplo de humildad de Pablo

El ejemplo de humildad de Pablo

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Sirviendo al Señor con toda humildad (Hch. 20:19).
Al describir su forma de conducta entre los efesios, Pablo menciona primero su humildad, su compasión y su abnegación. «Sirviendo al Señor con toda humildad, y con lágrimas y con pruebas que vinieron sobre mí por causa de las intrigas de los judíos» (20:19). En este capítulo, consideraremos la primera de estas virtudes de un ministro idóneo y fiel. Pablo afirma que su presencia y su ministerio habían sido marcados con la cualidad de la humildad. Asevera haber servido al Señor «con toda humildad (tapeinofrosu, nh). Esta palabra no se halla en las litas de vocabulario griego elemental estudiada por los estudiantes ministeriales, pero quizá debería figurar en ellas, porque denota el rasgo esencial de un ministerio que sigue el ejemplo apostólico.

Lo primero que hay que resaltar de esta virtud es su gran importancia a la luz de lo que el Nuevo Testamento afirma sobre la misión de Cristo y su mensaje. Una característica prominente de la misión de Jesús es la degradación de los orgullosos y la exaltación de los humildes. Vemos este énfasis, por ejemplo, en el Magnificat de María. Ella habla de la obra de Dios en su propio caso (es decir, al convertirla en la madre de Cristo), y, después, mira más allá, al significado de la venida del Hijo de Dios a una mayor escala del plan divino de la redención.

Mi alma engrandece al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha mirado la humilde condición (tapei, nwsij) de esta su sierva… Ha hecho proezas con su brazo; ha esparcido a los soberbios en el pensamiento de sus corazones. Ha quitado a los poderosos de sus tronos; y ha exaltado a los humildes (tapeino, j); a los hambrientos ha colmado de bienes
y ha despedido a los ricos con las manos vacías. (Lucas 1:47-53)

María está asombrada de la extraordinaria misericordia que la ha convertido a ella, una doncella de «humilde condición», en la madre de Cristo. Y, tal como ella lo ve, esto no es otra cosa que la manifestación del propósito y del significado de la venida de su Hijo. Él es la pieza central del plan de Dios para «esparcir a los soberbios y “exaltar a los humildes”».

Como parte de su dispersión de los orgullosos y su exaltación de los humildes, Cristo destronó en realidad la «virtud» de la nobleza de pensamientos (megalofrosu, nh) tan valorada por el mundo pagano y la remplazó con la cualidad de la humildad o modestia (tapeinofrosu, nh). De hecho, esta ocupa el primer lugar entre las virtudes cristianas; tanto es así que Basilio la definió como la casa del tesoro que contiene todas las demás cualidades.1

Cristo exhibió esta virtud en perfección sin pecado. Dijo: «Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde (tapeino, j) de corazón» (Mt. 11:29). Pablo habla de la necesidad cristiana de imitar la humildad de Cristo: «Haya, pues, en vosotros esta actitud que hubo también en Cristo Jesús, el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Fil. 2:5-8). A pesar de si grandeza, Cristo asumió el papel de siervo. Como él mismo afirmó: «Entre vosotros yo soy como el que sirve» (Lc. 22:27).

En una palabra, la humildad o la mansedumbre es una virtud de siervo y aquel que llega al pueblo de Dios en este espíritu no lo hace como señor para ser servicio, sino como ministro para servir en el nombre de Dios. ¿Resulta, acaso, sorprendente que Pablo, cuya pasión de vida y ministerio era la imitación de Cristo, se presentara como lo hace en Ro. 1:1, afirmando: «Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, apartado [es decir, en mi papel de siervo y apóstol de Cristo] para el evangelio de Dios» (Ro. 1:1)? ¿Nos extraña que hable de sí mismo como lo hace en 2 Co. 4:5, cuando dice: «Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por amor de Jesús»?

La evaluación más básica de Pablo en cuanto a la posición a la que Dios le había llamado puede resumirse en el título «Siervo de Cristo, Siervo del evangelio, Siervo de los santos». Dirigiéndose a los ancianos efesios les dice: «Vosotros bien sabéis cómo he sido con vosotros todo el tiempo, desde el primer día que estuve en Asia, sirviendo al Señor con toda humildad». Pablo está afirmando que no había estado entre ellos como señor para ser servido, sino como siervo en los negocios de su Señor. Había estado allí para servir a Cristo, servir al evangelio y servirlos a ellos. Y la prueba, la marca que lo distinguía en este papel, la virtud que dio tanto encanto y poder a su ministerio, y que encomendó el evangelio a la conciencia de todos los hombres, fue la cualidad del siervo, la humildad, que exhibió sistemáticamente entre ellos.

Detengámonos por un momento y consideremos quién hace esta afirmación. ¿Quién era el hombre que fue a Éfeso para trabajar en la obra del evangelio? ¿Quién era este Pablo que había convocado a los ancianos de la iglesia y ahora se dirigía a ellos en lo referente a su propio ejemplo y al deber de ellos? Fue el predicador y el misionero de mayor educación teológica de la iglesia apostólica. Más aún, fue investido por Cristo mismo con el oficio de apóstol, mediante revelación especial. Cristo lo había escogido como instrumento principal por medio del cual reveló las doctrinas fundamentales que debían regular el pensamiento de la iglesia para todos los siglos venideros. Además, fue dotado de dones milagrosos en tal medida abundante, que estando en Éfeso, por ejemplo, hasta los pañuelos con los que se había secado el sudor, llevados a los enfermos les transmitía virtud sanadora.

Con todo, y a pesar ello, Pablo no se vanagloriaba. Como dice a los corintios: «Por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no resultó vana; antes bien he trabajado mucho más que todos ellos, aunque no yo, sino la gracia de Dios en mí» (15:10). Al regresar a la iglesia en Antioquía, tras su primer viaje misionero, él y Bernabé «informaron de todas las cosas que Dios había hecho con ellos, y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe» (Hch. 14:27). Pablo acreditaba todo el éxito de su ministerio a Dios.

Además, a pesar de su educación, dones y oficio, se movió entre el pueblo de Dios y les ministró, no con un sentido de suficiencia personal para la obra, sino de nuevo, como les indica a los corintios: «Y estuve entre vosotros con debilidad, y con temor y mucho temblor» (1 Co. 2:3). En 2 Corintios, dice:

Pero gracias a Dios, que en Cristo siempre nos lleva en triunfo, y que por medio de nosotros manifiesta en todo lugar la fragancia de su conocimiento. Porque fragante aroma de Cristo somos para Dios entre los que se salvan y entre los que se pierden; para unos, olor de muerte para muerte, y para otros, olor de vida para vida. Y para estas cosas ¿quién está capacitado? (2:14-16).

Y esta confianza tenemos hacia Dios por medio de Cristo: no que seamos suficientes en nosotros mismos para pensar que cosa alguna procede de nosotros, sino que nuestra suficiencia es de Dios, el cual también nos hizo suficientes como ministros de un nuevo pacto, no de la letra, sino del Espíritu; porque la letra mata, pero el Espíritu da vida (3:4-6).

No son estas palabras que expresen una falsa humildad. Reflejan el reconocimiento muy real que Pablo hace: separado de la gracia y la capacitación de Dios, él es completamente insuficiente para llevar a cabo el ministerio que Cristo le encomendado.

Además, Pablo no se enseñoreaba sobre la herencia de Dios. No era como Diótrefes, al que le gustaba tener la preeminencia. No trataba a los inferiores con desprecio y desdén, aunque estos lo trataran con frecuencia en una forma vergonzosa. Sabía que los orgullosos nunca se habían medido por ningún parámetro que no fuera la propia opinión engañada y envanecida de sí mismos. Estos hombres estaban comprometidos en la autopromoción, un vicio que el humilde siervo de Cristo, consciente de su propia debilidad y limitaciones, no podía ni imaginar imitar. Como dijo a los corintios: «Porque no nos atrevemos a contarnos ni a compararnos con algunos que se alaban a sí mismos; pero ellos, midiéndose a sí mismos y comparándose consigo mismos, carecen de entendimiento» (2 Co. 10:12).

La virtud más básica del carácter de Pablo, forjado por el Espíritu, que con tanta riqueza adornó su ministerio, era su humildad. Esta le había abierto más puertas y asegurado más utilidad que toda la agresividad de los hombres que continuamente se lanzaban sobre el pueblo de Dios. Fue esta cualidad la que lo capacitó para predicar el evangelio sin hipocresía. Y fue ella también la que le permitió controlar la conciencia del pueblo de Dios cuando los exhortó como lo hace con estos efesios, a vivir «de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad y mansedumbre» (Ef. 4:1-2). ¿Podemos imaginar la respuesta de los efesios a esta exhortación, de no haber sido verdad las palabras de Pablo: «Vosotros bien sabéis cómo he sido con vosotros todo el tiempo, desde el primer día que estuve en Asia, sirviendo al Señor con toda humildad»? Si Pablo no hubiera sido lo que afirmaba ser, los oídos de los ancianos efesios se habrían cerrado a todo lo demás que profiriera.

Considerando lo que hemos visto (hasta este momento de nuestro estudio), quiero sugerir un principio que debería regular nuestro pensamiento en cuanto al ministerio pastoral de la iglesia. Ese principio es que un ministerio digno de imitación y del respaldo del pueblo de Dios estará marcado por la coherencia en la exhibición de aquellas virtudes que reflejen el ejemplo de Cristo y de sus apóstoles, y que encarne los principio del evangelio mismo. Ningún hombre debería estar en el ministerio del evangelio si no ordena su vida y su ministerio según los principios hallados en este texto, es decir, de acuerdo con el ejemplo apostólico presentado en el ministerio de Pablo.

Hasta aquí hemos considerado el ejemplo de la humildad de Pablo. Durante los pasados cuarenta y cinco años he tenido el privilegio de ayudar a formar a hombres para el ministerio del evangelio. He visto a muchos aspirantes a dicho cargo. Aquellos que han resultado ser prometedores y de utilidad potencial en el ministerio para los hombres han poseído la virtud de la humildad. Por el contrario, los que han estado llenos de sí mismo, siempre con afán de protagonismo, nunca abiertos a la valoración de sus hermanos, se han convertido en una lacra para las iglesias y, a pesar de la imagen que han intentado proyectar, no han servido a Cristo ni al evangelio, ni a los santos.

Tenemos el solemne deber de ordenar la casa de Dios según un nivel bíblico que incluye el respeto adecuado a la imagen del ministro del evangelio que Cristo ha colocado en su Palabra. Ese nivel requiere (en parte) coherencia en la humildad. Todo hombre que carezca de esta cualidad no podrá ser hallado «irreprochable» e «irreprensible» (1 Ti. 3:2; Tit. 1:6-7). No tenemos la libertad de dejar a un lado el parámetro bíblico, por mucho que tengamos otras razones para juzgar que un hombre es adecuado para la obra. Si este fue el nivel por el que la iglesia debía juzgar la adecuación incluso de los apóstoles, no podemos dejarlo a un lado como si no tuviera importancia.

El ejemplo de humildad de Pablo tiene, por supuesto, más relevancia que el nivel por el cual han de ser juzgados los ministros. En última instancia está la exigencia del evangelio de que todo cristiano imite el ejemplo de Cristo. El Pablo que se dirigió a los ancianos efesios es, primeramente, un hombre cristiano y apóstol solo en segundo lugar. Tiene dos llamados: primero, a ser un cristiano piadoso y solo después de esto a ser un ministro del evangelio. Su deber de ser humilde está arraigado en primer lugar a su primer llamado. Cristo le ordena a Pablo que se revista de humildad primordialmente como hombre cristiano. Y, a partir de la realidad de lo que él es como cristiano humilde y piadoso, es como sirve a Cristo en su iglesia.

La amonestación de la Biblia a todos los que llevan el nombre de Cristo es: «…todos, revestíos de humildad (tapeinofrosu, nh) en vuestro trato mutuo, porque Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes» (1 P. 5:5). La dinámica de la vida de la iglesia requiere esto de todos nosotros. Por esta razón, la Biblia nos amonesta: «Siendo del mismo sentir, conservando el mismo amor, unidos en espíritu, dedicados a un mismo propósito. Nada hagáis por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde (tapeinofrosu, nh) cada uno de vosotros considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás. Haya, pues, en vosotros esta actitud que hubo también en Cristo Jesús […] se humilló (tapeino, w) a sí mismo» (Fil. 2:2-8).

Si la virtud de la humildad cristiana no se halla en gran medida entre los miembros de una congregación, la vida de la iglesia degenerará en un club «yo», en el que todos buscan ser servidos y nadie quiere servir. Este no fue el ejemplo de Cristo ni está de acuerdo con su instrucción.

Entonces, cuando acabó de lavarles los pies, tomó su manto, y sentándose a la mesa otra vez, les dijo: ¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro y Señor; y tenéis razón, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os lavé los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis. En verdad, en verdad os digo: un siervo no es mayor que su señor, ni un enviado es mayor que el que le envió. Si sabéis esto, seréis felices si lo practicáis (Jn. 13:12-17).

La virtud de la humildad es una parte vital del carácter de un hombre a semejanza de Cristo y de un pastor según el modelo apostólico. Es un reflejo del propio ejemplo del Jefe de los Pastores. Y es indispensable para conseguir y mantener la conciencia de los hombres en las cosas relacionadas con su paz. Describiendo la autoevaluación adecuada que todo hombre cristiano debería hacer, Thomas Charles dijo con gran acierto:

Si nos humillamos delante de Dios, también lo haremos en nuestra conducta externa hacia las demás criaturas. Si tenemos plena conciencia de que no tenemos nada, sino lo que recibimos a diario, nuestro comportamiento para con aquellos de los que Dios nos ha distinguido mediante dones superiores, estaremos verdaderamente persuadidos de nuestra pobreza. En vano fingiremos humillarnos debidamente ante Dios y estar persuadidos de nuestra pobreza, si nuestra conducta hacia los hombres es orgullosa y pretenciosa…

Si en verdad creemos que recibimos todo lo bueno de Dios, no podemos gloriarnos como si no fuera así. En la proporción que creamos esto, no podremos gloriarnos en nosotros mismos en nada, sino tan solo en Dios, el dador de todo lo bueno y de todo don perfecto. ¿Tenemos gracia? La hemos recibido. ¿Creemos esto? Entonces no podemos gloriarnos frente a quienes no la tienen; nuestra conducta hacia ellos debe estar llena de modestia y humildad, de piedad y compasión. ¿Somos eminentemente distinguidos por dones útiles y ornamentales? ¿Están abundantemente bendecidos estos dones y nuestras tareas? Todo esto procede de Dios, ¿pero lo creemos? Si es así, no deberemos menospreciar a quienes no lo tienen, sino que con toda humildad y laboriosidad debemos emplearlos para la gloria de Dios y para beneficio de otros. Si creemos que lo hemos recibido todo de Dios, no nos resultará posible atribuirnos nada, sino la vergüenza; porque nada podemos calificar como nuestro, sino el pecado. En cuanto a nuestro entendimiento, todo lo que pertenece a nuestro propio ser es tinieblas; y en lo tocante a nuestro corazón, todo lo que nos pertenece es su impiedad y su engaño; y si nuestras manos y lengua han hecho algo bueno es porque Dios las ha utilizado. Toda la luz que existe en nuestra mente… procede del Padre de luces; y todo lo bueno de nuestro corazón desciende de arriba. No hay nada que sea nuestro, sino el pecado y la vergüenza; si nos gloriamos en nosotros mismos, debemos gloriarnos en nuestra vergüenza…

Aquel que se juzga correctamente, mide cada día su religión por su humildad, y su humildad por el grado de influencia que tiene en la mente, revistiéndola de los estados de ánimo suaves, benevolentes y celestiales que se adaptan al miserable pecador que vive por la paciencia y la misericordia de Dios, y adornando la totalidad del hombre exterior con la conducta afable, humilde y cortés convirtiéndolo en alguien que no puede gloriarse de algo bueno como si no lo hubiera recibido.2

Fuente:

Dr. Robert Martin

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