Cristianismo la revolución que está cambiando al mundo

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Desde que Cristo caminó sobre la tierra, el evangelio siempre ha invertido los valores del mundo. Hace cerca de 2.000 años, una furiosa multitud exigió que el apóstol Pablo y sus compañeros fueran arrestados. “¡Esos que han trastornando al mundo!”, gritaban.

A “estos hombres” se les había dado el maravilloso privilegio de estar entre los primeros en proclamar al Cristo resucitado. Ellos serían honrados por las generaciones futuras como héroes y triunfadores espirituales.

Pero en 1 Corintios 4.9-13, el apóstol Pablo nos da un vistazo tras bambalinas de la vida cotidiana de ellos: eran condenados a muerte; padecían hambre y sed; les faltaba ropa; eran tratados brutalmente; no tenían casas; eran perseguidos, difamados, y considerados “la escoria del mundo, el desecho de todos” (v. 13).

Pero, espere: ¿Podían estos hombres ser realmente los mismos hombres que poco tiempo antes habían luchado con el orgullo y el deseo de poder, aunque andaban con Jesús como sus discípulos? Hasta habían tenido una discusión sobre quién de ellos sería el mayor (Lucas 22.23-25).

“Estos hombres” habían anhelado el éxito terrenal, pero ahora aceptaban voluntariamente las peores humillaciones y privaciones del mundo. ¿Qué había sucedido? ¡Se habían encontrado con el Cristo resucitado!

Tal como se recoge en el libro de Hechos, los 40 días que pasó Jesús en la Tierra después de su crucifixión y resurrección los convencieron de la verdad de su divinidad y de la realidad del cielo.

Cuando los apóstoles tuvieron un atisbo de lo que aguardaba a los creyentes, el éxito para ellos se convirtió en abrazar esta verdad, no en buscar el reconocimiento terrenal.

Atrás quedaron el orgullo y el deseo de poder, pues la realidad de la resurrección del Señor hace que “se doble toda rodilla” (Filipenses 2.9-11), produciendo la humildad que nace del temor santo y reverente. Los apóstoles se consideraban ahora a sí mismos como “servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios” (1 Corintios 4.1).

Las tareas de un sirviente y un mayordomo debieron haber sido bien entendidas por los apóstoles. Los ricos tenían a menudo uno o más siervos, mientras que un mayordomo cuidaba sus propiedades. Ambas clases de trabajadores tenían que dar cuentas de sus actividades e informar a un amo. Actuaban solamente en respuesta a los deseos e instrucciones del dueño. Complacerlo era la definición de éxito y la meta.

De la misma manera, también, los apóstoles que habían buscado antes su propia gloria, ahora buscaban solo servir a su Señor.

Para algunos, la vida de un sirviente acarreaba terribles sufrimientos. Jacobo, el hermano de Juan, fue decapitado; Pedro fue crucificado cabeza abajo; y los historiadores nos dicen que es posible que los otros apóstoles experimentaran muertes semejantes. Si sus esfuerzos los llevaron a la muerte, entonces sabemos que no podemos juzgar sus éxitos según los parámetros del mundo. Entonces, ¿cómo juzgar el éxito? ¿Y cómo podemos juzgar nuestro propio éxito?

Según Pablo, la respuesta a esa pregunta es: “No lo hagamos”. Pablo no aceptaba el juicio de los demás, ni él se juzgaba a sí mismo. En vez de eso, insistía: “el que me juzga es el Señor” (v. 4). Pablo escribió que el juicio de Dios tendrá un tiempo señalado, y nos advirtió que debemos seguir su ejemplo hasta ese día. “No juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor” (v. 5). Entonces, todo lo que está oculto será revelado, incluyendo los motivos del corazón. Solo el Señor los conoce, y por eso solamente Él puede juzgar nuestro trabajo.

Para enfrentar la muerte por Cristo, como lo hicieron los apóstoles, se requiere de una gran fe, una fe nacida de la certeza del encuentro con el Cristo resucitado. Al igual que los apóstoles, tenemos que creer que algo más que la comodidad de la carne está en juego. Tenemos que creer que la fe expresada mediante una vida de servicio nos ofrece algo mejor.

Dios se deleita en recompensar a los servidores fieles, y la Biblia nos dice que hay un número extraordinario y una diversidad de recompensas.

Algunas se reciben en la Tierra; otras, en el cielo; y, a veces, algunas en ambos lugares. Las recompensas mencionadas en las Sagradas Escrituras son las dadas por las buenas obras (Efesios 6.7, 8), la perseverancia (Gálatas 6.9), la fidelidad (Mt 25.21); y por sufrir persecuciones (Mt 5.11, 12). Esta lista no es exhaustiva en absoluto, porque no somos capaces de imaginar todas las bendiciones que Dios dará a cada uno de nosotros (1 Corintios 2.9).

Estas recompensas son otro ejemplo de la gracia generosa de Dios, porque todas nuestras buenas obras y trabajos son preparados por Él para que los hagamos. Dios planifica el trabajo, nos prepara, y luego nos da la gracia y la capacidad para realizarlo (Efesios 2.8-10).

Ante el final de su vida, después de todos esos años “trastornando al mundo”, el apóstol Pablo había conocido, tanto el éxito terrenal como el desprecio del mundo. Aunque algunos de ­los apóstoles­ ya habían sufrido el martirio, y otros más morirían, Pablo escribió con el gozo de haber luchado por guardar la fe y terminado bien.

Anhelaba ahora la corona de justicia que el Señor le daría (2 Timoteo 4.6-8), y decía que no lamentaba los sufrimientos y las atrocidades que había padecido. Pablo creía en la realidad de la resurrección y en la esperanza del cielo. Estaba preparado para inclinarse ante el Dios viviente y recibir su recompensa.

Fuente:

La Biblia

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