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Comunidad de evangélicas feministas en Brasil creen en un Dios soberano y lleno de amor

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“Nos sentimos en minoría tanto en la iglesia como dentro del movimiento (feminista)”.

Ese fue el motivo por el que Thayô Amaral, una brasileña de 21 años, fundó el grupo Feministas Cristianas en la red social Facebook.

Con 400 miembros, no es la única comunidad digital cerrada de mujeres de diversas denominaciones evangélicas que se reúnen para hablar sobre el desafío de ser feministas, pero sí el más grande.

“Luchamos contra milenios de opresión y por esa razón somos un poco locas. Y aunque somos revolucionarias, creemos en un Dios soberano y lleno de amor, que reúne a todos, mujeres y hombres, en su misericordia y gracia con igualdad y sin hacer distinciones”, dice su perfil en la red social.

Y Amaral explica a BBC Brasil por qué decidió crear el grupo.

“Nos preguntan cómo podemos ser cristianas si las religiones cristianas han oprimido a las mujeres durante milenios. Así que intentamos explicar que por un lado está la religión y por otro la fe. Mi fe es cristiana, pero eso no significa que esté de acuerdo con la opresión que una religión impone a las mujeres”, señala.

“En el grupo discutimos sobre cosas de las que ni siquiera podemos hablar en medios feministas por ser cristianas, ni tampoco en la comunidad cristiana, donde sufrimos bastante rechazo”.

En los límites “seguros” de la comunidad comentan los pasajes de la Biblia que consideran sexistas o feministas, comparten videos “problemáticos” de sus iglesias, destacan a pastores “progresistas” y plantean preguntas sobre las doctrinas religiosas.

Asuntos como la masturbación, el aborto, la laicidad del Estado o la homosexualidad también son materia de debate y suelen provocar desacuerdos entre los miembros del grupo.

“Muchas de las chicas entran en el grupo, ven los mensajes y dicen ‘esto es de lo que siempre quise hablar pero nunca pude porque no encontré a nadie dispuesto a hacerlo'”, dice Amaral.

Paciencia
Para Amaral, la manera “no positiva” en la que las evangélicas son confrontadas en discusiones sobre temas polémicos en grupos feministas – “aunque sea con buena intención”- puede apartarlas del debate.

Y eso acentúa lo que muchas sienten dentro de sus propias comunidades religiosas.

“Con frecuencia vemos en el grupo chicas que no están encajando (en sus iglesias), pero no quieren dar un paso a un lado y dejar de practicar su fe”, afirma

Ella era parte de la Iglesia Cristiana Evangélica de Brasil, pero ahora se describe a sí misma como una cristiana no denominacional, alguien que practica la fe cristiana pero sin encasillarse bajo ningún calificativo doctrinal.

La dificultad de conciliar los cuestionamientos feministas con las doctrinas religiosas también motivó a sus amigas Jordanna Castelo Branco, de 31 años, y Guísela Araújo, de 36, a buscar denominaciones evangélicas más inclusivas.

“Nací en la iglesia bautista, crecí en la Asamblea de Dios, acudí a la iglesia Nueva Vida y ahora soy de una comunidad llamada Libertas, una alternativa dentro de la iglesia presbiteriana”, dice Jordanna.

“Desde que era adolescente cuestionaba el papel de la mujer: ¿Por qué en la escuela en la que estudié tenía que aprender a ser una buena esposa, a servir la comida y la cena a los hombres? ¿Por qué no podía usar jeans en la iglesia si eran mucho más cómodos (que las faldas)? Y mis cuestionamientos causaron asombro”.

Después de un periodo apartada del culto decidió volver y dice que está satisfecha con el diálogo dentro de la nueva comunidad.

Aun así, declararse feminista sigue siendo un problema, dice.

“Cuando comencé a identificarme como feminista ya estaba en Libertas. Aun así, fue un desastre. Algunos comenzaron a burlarse de mí y las chicas me criticaron”, recuerda.

“Fueron dos amigos de la iglesia, dos hombres ligados a movimientos sociales, los que me defendieron. Y fue entonces cuando comenzó la discusión”, añade.

“Un tiempo después otras mujeres (de la iglesia) comenzaron a declararse feministas”.

Por su parte, Guísela Araújo se reconoció feminista después de una tragedia personal.

En 2010 su hermana fue asesinada por un exnovio.

Y hoy dice que no encuentra su lugar “ni dentro de la iglesia ni fuera”.

Aun así, pretende seguir buscándolo, asegura.

“Estoy buscando una iglesia, porque es difícil encontrar un espacio en el que pueda actuar libremente con relación a las cosas en las que creo”, dice.

Las diferencias en los foros feministas “vuelven el movimiento más poderoso, porque desmitifica la idea de que todas las mujeres son iguales”, cree la politóloga Rayza Sarmento.

“Crecí en la Asamblea de Dios, pero hablar de feminismo allí es muy complicado. Aun así quiero permanecer en la iglesia, porque hay mucho que hacer”.

Sin embargo, Araújo dice que las respuestas de otras feministas en foros sobre religión desalienta el activismo (dentro de estas iglesias).

“Es más, en varias discusiones en internet no le dan mucho valor a mi discurso porque soy cristiana. Y no le dan crédito a que una mujer pueda apostar por el cristianismo”, afirma.

“Puedo entender que las mujeres evangélicas tuerzan la nariz ante el feminismo, porque no lo conocen. Y creo que podrían tener más paciencia y buena voluntad con las feministas. Pero también creo que hace falta que las feministas tengan más paciencia y buena voluntad para con las religiosas. La tolerancia es algo que la gente va construyendo”.

“Feminista perfecta”
Según la politóloga Rayza Sarmento, de la Universidad Federal de Minas Gerais, los ataques a la religiosidad de algunas mujeres no significa que el feminismo sea intolerante.

“Es bastante natural que ocurran estos enfrentamientos. La propia historia del feminismo es una historia de diferencias en cuestiones muy sensibles”, señala a BBC Brasil.

“Cuando el feminismo surge como una bandera política, está marcado por la historia de vida de mujeres blancas y de clase media. Las líderes feministas negras, por ejemplo, decían que solían tener dificultades para ponerse de acuerdo con los hombres del movimiento negro y las mujeres del movimiento feminista”, añade.

“Pero eso no hace que el movimiento sea más frágil, al contrario. Esas diferencias lo vuelven más poderoso, porque desmitifica la idea de que todas las mujeres son iguales”.

Sin embargo, la publicista carioca Luíse Bello se queja de lo que denomina como “una visión muy superficial sobre las iglesias evangélicas de Brasil” de dos debates en los que participó.

“En la iglesia que frecuento desde niña nunca tuve ningún problema por ser feminista. Tuve muchos más problemas por decir que soy evangélica en algunas ocasiones que al decir que soy feminista en la iglesia”, asegura.

Para ella la resistencia ante los evangélicos es más fuerte “por la bancada conservadora del Congreso, porque muchas iglesias evangélicas están emitiendo su discurso por televisión y por la manera estereotipada en la que las retratan los medios de comunicación”.

“Frecuento una denominación con una doctrina rígida en algunos aspectos. Y según la doctrina lo que se espera de las mujeres no encaja mucho con algunas ideas del feminismo. Pero pertenecer a la iglesia no me hace menos feminista”, recalca.

Los grupos como Feministas Cristianas, dice, ayudan a lidiar con los dilemas de las que tratan de conciliar las dos posiciones.

“No soy una feminista perfecta. Y tampoco soy una cristiana perfecta. Pero quiero serlo y me estoy esforzando. Pero soy una persona. No tengo todas las respuestas”.

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